A veces cuando paseo con Lilu algún niño se acerca a hablar con nosotras. Los niños tienen la suerte de poder observar sin ningún disimulo aquello que les llame su atención. Algunos me preguntan si pueden acariciarla, otros cuántos años tiene, cómo se llama… Pero muchos, muchos de ellos preguntan de qué raza es. Me resulta bastante extraño porque no recuerdo que cuando yo era una niña me interesase mucho ese dato, lo que más me ha preocupado siempre ha sido saber cómo se llamaba el perro y si podía abrazarlo con todas mis fuerzas.
Yo siempre les respondo que no tiene raza, que es una perra mestiza, y algunos ponen cara de asombro porque no parecen entender lo que significa. Algunos me replican que entonces es un chucho. No me gusta mucho esa expresión, tiene cierta connotación negativa desagradable, pero sí, les digo que en realidad sí, es un chucho. Y uno en concreto me dijo: ¿y tienes un chucho porque no tenías dinero para comprarte uno de raza?
Me dejó a cuadros. Escuchar eso de boca de un niño fue muy impactante para mí ¿Qué le habían enseñado a ese niño? ¿Y qué era un perro para él? Me di cuenta de que para muchos de esos niños los perros son como los coches o las zapatillas deportivas, algo inconcebible sin su marca. Había algo realmente perverso en educar a un niño de esa manera, en enseñarle a valorar a un ser vivo en términos monetarios. Fue esa pregunta la que me llevó a escribir en este blog, con el expreso deseo de compartir la gratificante historia de adoptar a una perra mestiza adulta.
Lilu no fue comprada, no es una perra de raza y no era un cachorro cuando llegó a mi vida, y sé que todas esas peculiaridades pueden llegar a ser obstáculos para muchos perros en su búsqueda de un hogar… Sin embargo yo no tengo más que cosas bonitas que decir de toda esta experiencia.
No voy a contar toda la retahíla de bondades de adoptar un perro mestizo, podéis ver los datos objetivos en cualquier sitio, sólo voy a decir que Lilu me hace inmensamente feliz cada día que comparte conmigo, y eso no tiene precio.

Hay gestos que despiertan en nosotros una simpatía inmediata, espontánea y realmente profunda. A veces son cosas muy tontas, o que pueden parecer muy tontas. Puede surgir al ver a alguien tarareando una canción de camino al trabajo, leyendo un buen libro en el metro, cediendo su asiento a quien más lo necesita en el autobús, y puede ser ,como me ocurre siempre a mí, cuando ves que una persona sonríe al cruzarse con cualquier perro.

Algunas historias deben ser contadas, algunos seres merecen que su existencia no queden en el olvido, que haya alguien que les llore cuando ya no estén y que sonrían ante su recuerdo. Y aunque Hugo no tuvo la suerte que merecía, al final de sus días, cuando todo parecía perdido, su vida dio un giro inesperado.
Tuvo cariño, tuvo manos que le rascaban detrás de las orejas, y ojos que le miraban con ternura, tuvo tardes de veterinario (aunque él no llegó a entender que eso también era algo bueno), y una cama blandita, y amigos, muchos amigos. Y todo eso se debió a que una persona no fue indiferente a su presencia, una sola persona, que hizo todo aquello que no todos hacen. Que se acercó mientras caminaba exhausto por una cuneta, que le dio agua cuando estaba sediento, que le abrazó cuando estaba solo, y que nos pidió a todos que le viésemos, que ayudásemos, que le diésemos el lugar que le correspondía.
Hugo estaba enfermo, y no tuvo el tiempo necesario para ver cumplidos todos sus sueños, pero era un buen perro y sabía apreciar todas las cosas buenas que de repente le ocurrieron. Hugo se ha ido y ha dejado un enorme vacío, pero no lo ha hecho sin dejar huella. Ojalá todos tuvieran esa enorme suerte, y ojalá ese detalle consuele a los que lo echarán siempre de menos.

A Lilu le gusta estar en casa. Le gusta salir al parque, pero le gusta más aún volver a casa, le gusta ir a visitar a los amigos, a su primos Enzo, Kika y Funky, pero entonces echa de menos su sofá y a sus hermanos gatunos, y aunque le gusta vivir aventuras como fines de semana en la playa, recorridos por bosques misteriosos o fiestas en la piscina, lo que más le gusta de todo eso es volver a casa.
Y aunque algunas persona puedan pensar que eso es algo negativo yo no puedo dejar de enternecerme cada vez que mueve la cola feliz y contenta mientras giro la llave de la puerta. Para alguien que sabe lo que es vivir sin un hogar, dormir en la calle, mojarse cuando llueve, estar sedienta en verano, y sola, día tras día, tener esas cuatro paredes, tener ese lugar donde puedes dormir a pierna suelta, donde no tienes nada que temer ni nada que echar en falta, es tener el paraiso.
Lilu sería muy feliz si pudiese conseguir unos chapines colorados mágicos, porque no hay nada como estar en casa.

A Lilu le encanta la lluvia. Es algo que realmente me alucina. Cuando lleva varios días lloviendo y no puede ir al parque a jugar a la pelota o a dar largos paseos se enfurruña un poco, se pone tristona y me mira como si la hubiese castigado sin motivo…

Pero la lluvia en sí, mojarse, meterse en los charcos, llenarse de barro, correr para refugiarnos, secarse con una toalla al llegar a casa, son placeres celestiales para ella.



Sin embargo hay una cosa que no le gusta nada de toda la experiencia de los días de lluvia: los secadores de pelo.

Los secadores de pelo para Lilu son el mal.
¡Hola Marina!
Muchísimas gracias por tus palabras :_) ¡nos encanta que devores posts y damos volteretas laterales contigo de felicidad! estaré encantada de dibujar a tu fiera, ¡por supuesto! :D
Marina y yo te mandamos un abrazo gigante gigante.
Y Lilu también.
¡Yuhu!
Soy una más de los tropecientos parados de este país. Es algo bastante deprimente. Tengo un buen curriculum, formada, con experiencia laboral en mi profesión, interés más que de sobra por trabajar y no he tenido ni una sola entrevista en meses… Y bueno, te mantienes firme, haces exactamente lo que tienes que hacer: estás activa, buscas trabajo, te sigues formando, amplias curriculum… Y nada.
Cuando la situación se alarga, mucho, los problemas son aún mayores que mantener el ánimo y la ilusión en tu búsqueda de empleo. Llega un momento en el que tienes que encontrar la energía para hacer cosas mucho más básicas… Levantarse de la cama, comer bien, estar de buen humor… Es como si te convirtieras en un ente que vagabundea en pijama por la casa con los hombros caídos y una nube gris sobre la cabeza ¿os ha pasado eso alguna vez?
Yo en realidad ya no puedo hacer eso, lo de vagabundear en plan dementor por la casa quiero decir. No puedo porque Lilu me despierta cada día, y no me deja quedarme en la cama. Y si me quejo me lame la cara hasta que me levanto, y tengo que ducharme, vestirme como una persona normal (frase de mi padre), sacarla a dar un paseo, y bueno, ya que estoy en movimiento, desayuno y me animo a hacer cosillas. Y todo eso es bueno, porque no es lo mismo levantarte en una casa vacía, mientras la ciudad se sigue moviendo sin ti, que tener unos ojillos expectantes deseando que abras los tuyos para que su vida se ponga en movimiento contigo.
Hay personas que aún me preguntan si me compensa la responsabilidad y los posibles inconvenientes de tener un perro, cuando yo me pregunto cada día cómo agradecerle a Lilu que esté en mi vida.




























